Open Finance necesita algo más que datos abiertos. Necesita confianza
Compartir información puede habilitar servicios financieros más personalizados, pero la apertura no ocurre automáticamente. Consentimiento, claridad y control empiezan a ser tan importantes como la capacidad técnica de conectar los datos

Los datos financieros pueden decir mucho.
Cómo gastamos. Cómo ahorramos. Qué productos utilizamos. Qué capacidad de consumo tenemos. Qué servicios podrían adaptarse mejor a nuestras necesidades.
Y precisamente por eso, compartirlos no es una decisión trivial.
Open Finance abre la posibilidad de que esa información pueda moverse entre entidades y convertirse en nuevos servicios, experiencias más personalizadas o decisiones mejor informadas. Pero que técnicamente sea posible compartir un dato no significa que el usuario esté dispuesto a hacerlo.
Ahí aparece una de las tensiones más relevantes de esta nueva etapa.
Queremos servicios más simples y personalizados, pero también queremos saber qué ocurre con nuestra información.
Los datos muestran que apenas un 21,3% de los usuarios estaría dispuesto a compartir información financiera a cambio de mejores servicios. Más de la mitad —51,2%— no compartiría ninguno de los tipos de información consultados.

La resistencia es especialmente alta en Europa: en España llega al 78,3%, mientras Reino Unido alcanza un 64,4%.
La lectura no debería ser simplemente que existe desconfianza.
La pregunta más interesante es qué necesita cambiar para que compartir información tenga sentido para el usuario.
Porque el valor no está en abrir datos por abrirlos.
Está en que exista una razón comprensible para hacerlo.
Una mejor oferta. Una experiencia más conveniente. Una recomendación realmente útil. Una decisión financiera más informada.
Cuando ese intercambio de valor no está claro, entregar información sensible puede sentirse como una pérdida de control.
Y no todos los datos pesan igual.
La apertura hacia información financiera general ronda ese 21%, pero cae con fuerza cuando se trata de aspectos más sensibles, como el historial de deudas impagadas, que apenas alcanza un 9,7% de disposición a compartir.
Eso introduce una idea importante: el consentimiento no puede tratarse como un sí o un no genérico.
Compartir un saldo no necesariamente genera la misma preocupación que compartir un historial crediticio. Autorizar el acceso para recibir una recomendación puntual no es lo mismo que permitir un uso indefinido de esa información.
La confianza depende del contexto.
Depende de qué dato se solicita, quién lo recibe, durante cuánto tiempo puede utilizarlo y qué obtiene el usuario a cambio.
Ese es uno de los puntos donde Open Finance deja de ser una conversación únicamente sobre interoperabilidad.
También se convierte en una conversación sobre experiencia.
Una buena experiencia de consentimiento debería permitir que una persona entienda qué está autorizando sin necesidad de interpretar lenguaje técnico. Debería poder saber qué información está compartiendo, con quién y para qué. Y debería conservar la capacidad de cambiar de opinión.
Porque abrir datos no debería significar perder control sobre ellos.
Esta tensión entre innovación y privacidad también está ocurriendo mientras los mercados avanzan en sus marcos de Open Finance. Brasil ha reforzado requisitos técnicos y consentimiento explícito; Argentina incorporó un modelo que permite compartir información entre bancos, fintechs y aseguradoras con autorización del usuario; y Chile avanza en la implementación de su Sistema de Finanzas Abiertas.
El reto, entonces, tiene dos caras.
Por un lado, crear más valor a partir de los datos.
Por otro, construir las condiciones para que ese valor pueda existir sin debilitar la confianza.
Y ahí la conversación cambia de escala.
Consentir no es solo marcar una casilla.
Para que Open Finance funcione en producción, ese consentimiento tiene que poder gestionarse durante todo su ciclo: quedar registrado, utilizarse dentro de los permisos concedidos, poder revocarse y dejar evidencia de lo que ocurrió.

Eso es justamente parte de la conversación que llevaremos a América Digital.
En el seminario Finanzas Abiertas en producción, la mirada se mueve desde la apertura teórica hacia la operación: cómo gestionar consentimientos, seguridad, trazabilidad, APIs, evidencias y monitoreo de forma continua. Open Core incorpora, entre otras capacidades, un Consent Manager para gestionar el alta, uso y revocación del consentimiento; mecanismos de identidad y autorización; gobierno de APIs; y una capa de reporting y evidencia regulatoria.
Ahí se vuelve tangible algo que desde el usuario parece muy simple:
“Sí, autorizo.”
Por detrás, esa decisión tiene que convertirse en una regla verificable:
Quién autorizó
Qué autorizó
A quién
Durante cuánto tiempo
Qué uso se hizo de esa información
Y qué ocurre cuando decide revocarlo
Ese es probablemente uno de los puntos más interesantes de Open Finance: la confianza no se construye únicamente con una promesa de seguridad.
Se construye haciendo que el control pueda operar.
La infraestructura tiene que ser capaz de demostrar qué ocurrió con el dato, no solo de moverlo.
Por eso trazabilidad, identidad, consentimiento y evidencia no son capas administrativas alrededor de Open Finance. Son parte de la experiencia que permite que el modelo escale.
Si el usuario siente que compartir información implica perder visibilidad, la personalización difícilmente compensa el riesgo percibido.
Si, en cambio, entiende el beneficio, conoce los límites y puede retirar el permiso cuando quiera, la relación cambia.
La apertura empieza a sentirse menos como una cesión y más como una decisión.
Ese matiz será cada vez más importante a medida que los servicios financieros se vuelvan más personalizados.
Porque cuanto más puede hacer una entidad con los datos, más importante será explicar qué está haciendo con ellos.
Y cuanto más conectada se vuelve la experiencia financiera, más necesario será que el usuario pueda seguir entendiendo quién tiene acceso a qué.
Open Finance no se trata simplemente de hacer circular más información.
Se trata de convertir esa información en valor sin perder de vista a la persona que decidió compartirla.
La tecnología puede conectar los datos.
La confianza es lo que permite que esa conexión tenga sentido.
Abrir datos es una capacidad técnica.
Construir confianza es lo que permite convertirla en una experiencia.